lunes, 25 de junio de 2007

Espasmo del sollozo

Mi hijo se priva: Espasmo del sollozo
Víctor Andrade, Cirujano Pediatra


El espasmo del sollozo es un trastorno causado por un paro respiratorio al sacar el aire durante el llanto, después de una profunda inspiración. El motivo desencadenante es cualquier evento estresante para el bebé, tales como golpes leves en cualquier parte del cuerpo, rabia, frustración o miedo.

Denominado en inglés Breath-holding spells, es un tipo de evento repentino, no es epiléptico y se presenta entre el 5 y el 7% de los niños sanos.

Los espasmos se presentan después de los 13 meses de vida. La mitad de los bebés presentan uno o más episodios por semana y un 20% varios en un solo día. La mayor cantidad de espasmos los presentan los niños entre 1 y 2 años de edad. En la mayoría de los niños, los espasmos ceden por sí mismos a los 4 años de edad. Se considera que un período de un año libre de espasmos es el criterio para considerarlo como resuelto.

Antes de que un niño tenga un espasmo del sollozo, siempre ocurre algo que lo desencadena, y el más común es el llanto, aunque puede ser provocado por dolor, sorpresa o frustración al no cumplirle un capricho. El niño comienza a gritar vigorosamente, aunque algunas veces solamente alcanza a lanzar el grito inicial, cesa la respiración y comienza a ponerse cianótico (coloración azulosa de la piel), especialmente alrededor de los labios, luego presenta aumento progresivo del tono muscular, pierde la conciencia, algunas veces hay relajación de esfínteres y en raras ocasiones, la falta de respiración produce movimientos convulsivos cortos por carencia cerebral de oxígeno.

Después de unos segundos, el niño presenta relajación muscular, queda flácido con marcada palidez y se restablece la respiración y la fuerza muscular. Aunque dejan de respirar su corazón sigue latiendo y está probado que el espasmo del sollozo de ninguna manera repercute a nivel neurológico en el niño.

El espasmo del sollozo no es provocado por enfermedades orgánicas del sistema nervioso, tampoco es una manifestación de alguna enfermedad psiquiátrica, ni significa que el niño tiene algún trauma psíquico. Se le ha relacionado con un reflejo respiratorio infantil primitivo y la manipulación, ya que generalmente se presenta después o durante de algún berrinche. También está relacionado en cierto grado con la herencia. Uno de cada cuatro niños con espasmo de sollozo tiene un familiar directo que lo padeció en la infancia.

Es más frecuente que un niño los manifieste por las tardes, cuando está cansado y en especial cuando se acerca la hora de ir a dormir. Habitualmente, los espasmos sólo lo presentan frente a las personas con las cuales convive y tiene una estrecha relación afectuosa (padres, abuelos). Muy pocas veces lo hace ante extraños o en el consultorio del pediatra.

Manejo de emergencia del espasmo del sollozo:

1. Mantén la calma. Tu hijo no corre ningún riesgo.

2. Retira los objetos que tenga en la boca.

3. Colócalo de costado y aleja los objetos con los que se pueda golpear.

4. No intentes detener el espasmo.

5. Aléjate un poco del niño y obsérvalo de forma indirecta, haciéndole pensar que no le prestas mucha atención al evento.

6. Inmediatamente al término del espasmo, explícale con voz firme que no te gusta que haga "berrinches" y que no le darás el beneficio que pretendía ganar con lo que hizo. En caso de que sea provocado por dolor de un golpe o caída, abrázalo y consuélalo.

7. Déjalo dormir una pequeña siesta.

Si tu hijo hace varios eventos de espasmo del sollozo al día, es probable que el manejo conductual no sea el correcto, y que lo esté utilizando como forma de manipulación o comunicación, intentando llamar tu atención y/o los demás miembros de la familia.

Recuerda que el llanto es una forma de comunicación infantil y que si acudes inmediatamente para proporcionarle gratificantes cuando llora, intentando reducir el número de espasmos, es probable que provoques un efecto contrario y se incrementen, ya que estarás reforzando la conducta.

¿Qué debes evitar?

1. Maniobras de reanimación. Las medidas de reanimación, como la respiración de boca a boca y el masaje cardíaco, pueden tener riesgos si las hace alguien inexperto.

2. Golpear, pellizcar o nalguear a tu hijo. Los golpes no detienen el espasmo y el niño siente rechazo. Cualquiera de las opciones anteriores lo único que lograrán es mostrarle cuanto nos enoja su comportamiento lo cual, nuevamente, reforzaría su conducta.

3. No lo introduzcas en agua. Tiene el riesgo de broncoaspiración y complicaciones pulmonares mayores que el mismo espasmo.

4. No introduzcas objetos en su boca. Si lo intentas con un objeto rígido, le puedes lesionar la boca, y si lo haces con un objeto suave (como un pañuelo), lo puedes sofocar.

5. Es muy importante no confundir el espasmo del sollozo con enfermedades convulsivas (epilépticas).

¿Cuándo debes acudir con el pediatra?

1. Cuando los espasmos se produzcan sin un factor desencadenante.

2. En caso de que los movimientos sean de tipo convulsivo.

3. En caso de que ocurran eventos similares durante el sueño o que no recobre la conciencia.

4. En caso de que inicien antes de los 5 meses de edad.

5. Cuando dudes que tu hijo tiene otro diagnóstico.



FUENTE: www.bbmundo.com


Niños de 2 años: Invitar a un amiguito a jugar a casa.

En plena etapa de egocentrismo, es difícil que los niños compartan el juego con otros de la edad. Consejos para invitar a un amiguito a jugar.

Es el volante de un auto de carrera. Un teléfono. Un bote. Una plancha. En realidad es un simple platito de plástico, pero en manos del chico de dos años puede convertirse en lo que su imaginación dicte a cada momento. De esto se trata justamente el juego simbólico, que es característico de los chicos de esa edad. Es ese “como si” que transforma a las cosas reales a la medida de sus gustos y necesidades.

Frente a un mismo objeto, cada chico creará su propia historia y organizará en torno a ella su juego. Pero difícilmente en esa actividad estén incluidos los demás. La licenciada Claudia Novillo, especialista en Crianza y Adopción de Gestando, ilustra: “Al observar una salita de jardín, por ejemplo, uno ve que todos están jugando sentados en una ronda, pero es un juego solitario y paralelo, están al lado del otro, no con el otro. El juego compartido es un aprendizaje posterior”.

Sin embargo, la experiencia del juego paralelo es valiosa porque es un primer paso hacia la socialización. “Socializar implica poder compartir, cosa que no es fácil porque es una época en la que el chico es puramente egocéntrico y compartir supone descentrarse y entender que hay otro”, subraya la especialista. El adulto puede contribuir a este proceso participando en el juego con un papel radial, es decir, como mediador entre los pequeños y elemento de apertura. Indicaciones como: “Dale este juguete a él” o “¿Viste la torre que armó ella?”, ayudan a incorporar al otro.

Muchos chicos de dos años viven esto en el jardín de infantes. Para los que aún no asisten, las experiencias sociales llegan con las idas a la plaza, los cumpleaños o las visitas a otros amiguitos de la edad.

Invitar a jugar

Dos madres amigas con hijos de la misma edad: parece la ecuación perfecta para una tarde entretenida para los cuatro. Sin embargo, antes de los tres años, una invitación a jugar no suele ser algo tan fácil. En palabras de la especialista: “Invitar un amiguito requiere un mínimo de preparación y un máximo de predisposición”.

El mínimo de preparación consiste en elegir el lugar donde jugarán y con qué. Los juguetes deben ser variados y estar a disposición –que no tengan que treparse para alcanzarlos- y organizados. “Es bueno que haya un cierto orden en la presentación de los juguetes. En lugar de un gran baúl con todo mezclado, disponerlos en distintos recipientes: la caja de los autitos, la bolsa de los bloques, el canasto de las muñecas. Esto los ayuda a organizar el juego y también a ordenar”, sugiere. No es necesario que sean sofisticados ni costosos: con un poco de imaginación se crean programas entretenidos y estimulantes como trasvasar fideítos, esconderse en una sábana o disfrazarse con ropa que no se use.

El máximo de predisposición implica que la frase “nos tomamos un cafecito mientras ellos juegan” es una utopía. Tanto el dueño de casa como el invitado probablemente necesiten de la presencia de su mamá. El primero para lidiar con la idea de que alguien entre en su cuarto y le use sus juguetes; el segundo, para animarse y acercarse al juego. “Es importante diferenciar que los centros de interés son muy variados. A esta edad son muy inquietos y motores. Pasan de un juego al otro en minuto, sacan, usan, tiran, rompen. El tiempo de juego es breve. Como mucho, podrán aguantar una hora o una hora y media”, agrega la especialista. Además del juego en sí, se recomienda ofrecer otras oportunidades para compartir, como la merienda.

Todo momento de juego termina con un mismo rito: ordenar. Es bueno que los chicos participen en esta tarea, imitando a los adultos, independientemente de que no puedan hacerlo bien. “Es bueno ir anticipando el fin del juego. La actividad lúdica es demasiado importante como para interrumpirla bruscamente o sin razón. El orfen es un marcador de que está terminando”, apunta.

Otra casa, otras reglas

De visita en casa ajena, los chicos pueden encontrarse con otras maneras de hacer las cosas. Verónica, mamá de Pablo y Federico, cuenta: “A los chicos en casa no los dejo andar descalzos y jamás tienen problema con eso. Pero cuando van a lo de los primos, que andan siempre descalzos, instantáneamente se sacan las medias y las zapatillas, no se las dejan puestas ni un minuto”.

La especialista explica por qué se dan las situaciones como las que cuenta esta mamá: “A esta edad la capacidad de asumir las pautas todavía está en proceso y los chicos son altamente imitativos –‘Si el otro sube a la silla, yo también’–. Su organización temporal es el ahora y son altamente reactivos al ambiente donde están. La mamá puede empezar a marcar la diferencia explicándole cómo hacen las cosas en su casa”.

El éxito de una tarde de juegos depende en gran medida de las expectativas previas. “Al insertar a los chicos socialmente, hay que tener claro qué es lo que se espera de estos encuentros. Si la idea es que empiecen a tener contacto con otros pares, el resultado va a ser bueno. Pero si se pretende que no se peleen y puedan compartir, nunca va a salir bien”, advierte la licenciada Novillo.

Con expectativas realistas, un mínimo de preparación y un máximo de predisposición las mamás pueden brindarles a sus hijos enriquecedoras experiencias de socialización y juego. Cada minuto que esos chicos pasen jugando está contribuyendo a la construcción de su subjetividad. El esfuerzo vale la pena.


FUENTE: www.materna.com.ar